24 de abril de 2020

DIARIO DEL AÑO DE LA PESTE

DIARIO DEL AÑO DE LA PESTE ENTREGA 24/04/2020

Me sentía un tanto obligado a visitar la casa de mi hermano, situada en la parroquia de Coleman Street y a cuyo cuidado me encontraba. En un primer momento fui allí todos los días, pero más tarde sólo lo hice dos veces por semana.
Aquellos paseos ponían muchas lúgubres escenas ante mis ojos, particularmente el de la gente muerta en las calles. Oía los gritos terribles, agudos, penetrantes, de las mujeres que, en su agonía, abrían las ventanas de sus cuartos y lanzaban unos clamores tan sorprendentes como fúnebres. Es imposible describir la variedad de posturas mediante la cual la pobre gente expresaba sus pasiones.
Un día, al atravesar Tokenhouse Yard, en Lothbury, una ventana se abrió de pronto, violentamente, justo sobre mi cabeza, y tina mujer lanzó tres alaridos aterradores, para en seguida gritar: «¡Oh, muerte, muerte, muerte!» en un tono inimitable que me llenó de horror y que me heló la sangre en las venas.
En aquella calle no se distinguía un alma y ninguna ventana se abría, pues por entonces la gente ya no sentía la menor curiosidad, y por lo demás nadie podía socorrer a su prójimo. Seguí, pues, mi camino hacia Bell Alley.
Justamente en Bell Alley, del lado derecho del callejón, oí un grito más terrible aún, pero que no provenía de una ventana. Una familia íntegra se hallaba presa del espanto, y pude oír cómo mujeres y niños corrían por las habitaciones dando agudos gritos, como si hubieran perdido la cabeza, cuando el ventanuco de un granero se abrió, alguien llamó desde una ventana del otro lado y preguntó: «¿Qué ocurre?». A lo que respondieron de la primera ventana: «¡Oh, Señor, mi viejo amo acaba de colgarse!»; la otra voz inquirió: «¿Está completamente muerto?». Y la primera contestó: «¡Ay, ay, completamente muerto, completamente muerto y frío!». Aquella persona era un comerciante muy rico y concejal adjunto. No necesito decir su nombre, aunque lo conozco, pues resultaría muy penoso para su familia, que hoy disfruta de una gran prosperidad. Pero es sólo un caso. Y todo lo que ocurría en esos días, particularmente en las familias, era de un horror apenas creíble. La gente, en la violencia de su enfermedad, o torturada por sus bubones -que eran en verdad intolerables-, perdía todo control de sí misma, y delirante, enloquecida, a menudo volvía contra ella sus propias, violentas manos. Se disparaban un pistoletazo, se arrojaban por las ventanas, etc... En su demencia, algunas madres daban muerte a sus propios hijos; otras simplemente morían de dolor, en un gesto de rebeldía, o de pánico otras, o de asombro, sin hallarse en modo alguno infectadas. Y otras, espantadas, caían en la imbecilidad, en la confusión propia de los idiotas. Hubo quienes, desesperados, se volvieron locos, y otros cayeron en una melancólica demencia.
Para algunos, el dolor de los abscesos resultaba particularmente violento e intolerable. Puede decirse que los doctores y los cirujanos torturaron a muchas de aquellas pobres criaturas, aun hasta la muerte. Como a veces los tumores se endurecían, los médicos aplicaban fuertes emplastos astringentes, o cataplasmas, para hacerlos estallar; y si no lo lograban, entonces recurrían al bisturí y practicaban unas terribles incisiones. En algunos casos, los abscesos se habían endurecido, en parte por la violencia de la enfermedad y en parte porque habían sido brutalmente punzados, y se habían vuelto tan duros, que ya no les entraba ningún instrumento ni era posible cauterizarlos: muchas personas murieron locas furiosas de dolor, y otras durante la operación. Faltaba ayuda para retener a los enfermos en su lecho, o para velar por ellos, y ellos, según acabo de decir, se suicidaban. Algunos escapaban a la calle, tal vez desnudos, corrían directamente al río -si no los detenía un vigilante o algún otro funcionario- y se arrojaban al agua, en el sitio que fuera.
A menudo me partía el alma oír los gemidos y los gritos de aquellos infelices torturados. Sin embargo, esa forma de la enfermedad era de buen augurio. Si los tumores llegaban a madurar, a romperse, a supurar, o, como decía el cirujano, a reabsorberse, el enfermo generalmente sanaba; mientras que quienes, como la hija de aquella dama, eran mortalmente afectados desde un primer momento, a menudo seguían viviendo indiferentes y tranquilos hasta muy poco antes de morir, y a veces hasta el instante en que caían desplomados, como ocurre con frecuencia en los casos de apoplejía y epilepsia. Algunos se sentían súbitamente muy enfermos y corrían en busca de un banco, de un abrigo, de cualquier sitio cómodo que fuese, o, de ser posible, a sus propias casas. Y como ya he mencionado, se sentaban, se desvanecían y morían. Esta muerte era muy parecida a la muerte que sobreviene durante el síncope: los enfermos morían en un sueño. Muchos de los que sucumbían de esta manera casi no tenían conciencia de hallarse infectados, hasta que la gangrena se les extendía por todo el cuerpo. Ni los doctores podían saber con exactitud de qué se trataba, antes de descubrir el pecho u otras partes del cuerpo y comprobar las manchas.