3 de abril de 2020

DIARIO DEL AÑO DE LA PESTE

ENTREGA 03/04/2020

Fue en verdad una época de muy felices disensiones en materia de religión. Prevalecían entre el pueblo innumerables sectas y fracciones. Es cierto que la Iglesia de Inglaterra había sido restaurada con la monarquía unos cuatro años antes; pero los clérigos y predicadores presbiterianos, independientes y de toda clase de confesiones, habían comenzado a reunirse en sociedades separadas y a erigir altar contra altar. Cada una celebraba su culto por separado como lo hacen ahora, aunque entonces no eran tantas, porque el Gobierno se empeñaba en suprimir las congregaciones disidentes y evitar sus reuniones.
Pero la Visitación los reconcilió, al menos por algún tiempo, y se toleró que muchos de los mejores clérigos y predicadores disidentes entraran en las iglesias. La gente se congregaba para escucharlos sin averiguar demasiado quiénes eran o qué opiniones tenían. Pero cuando la enfermedad pasó, también disminuyó este espíritu de caridad, y las cosas retornaron a su antiguo cauce.
Un mal siempre trae otro. Esos terrores y aprensiones condujeron a la gente a mil actos débiles, tontos -y perversos que en realidad no deseaban, pero hacia los que eran impulsados por una clase de individuos verdaderamente malvados: corrían hacia los decidores de fortuna, charlatanes y astrólogos, para que les pronosticaran su destino mediante horóscopos y cosas parecidas. Esta tontería pronto hizo que en la ciudad pululara una perversa generación de presuntos practicantes de magia o arte negro, como lo llamaban ellos, no sé por qué. Este comercio creció tan abiertamente, que se volvió común tener en las puertas señales e inscripciones como éstas: «Aquí vive el decidor de fortuna»; «Aquí vive un astrólogo»; «Aquí puede usted hacer calcular su horóscopo», etc. Y la descarada cabeza del Fraile Bacon, símbolo usual en la vivienda de estos personajes, era vista casi en cada calle; o sino el signo de la Madre Shipton, o la cabeza de Merlín, y cosas parecidas.
Realmente no sé mediante qué discursos ciegos, absurdos y ridículos satisfacían a la gente esos oráculos del demonio; lo cierto es que una clientela innumerable se apiñaba frente a sus puertas cada día. Y bastaba que un individuo solemne en chaqueta de terciopelo, faja y levita negra (hábito que por lo general vestían estos brujos charlatanes) fuera visto en la calle, para que la multitud lo siguiera haciéndole preguntas, mientras él continuaba su camino.
No necesito decir qué horrible engaño fue éste, pero no hubo remedio contra él hasta que la misma peste puso fin a todo y -supongo- limpió la ciudad de la mayoría de esos especuladores. Lo malo era que cuando la pobre gente interrogaba a los falsos astrólogos sobre si habría o no plaga, ellos concordaban en responder que «Sí», porque de este modo conservaban la fuente de sus ganancias. Si no se hubiera mantenido al público asustado, pronto los brujos se habrían vuelto inútiles y su oficio habría muerto. Pero ellos pasaban el tiempo hablando de tales y tales influencias de las estrellas, de las conjunciones de tales y tales planetas que necesariamente debían traer enfermedad y perturbaciones, y en consecuencia la peste. Y hasta hubo algunos que se atrevieron a certificar que la epidemia había hecho su aparición; y aunque esto era muy cierto, quienes lo afirmaban nada sabían del asunto.
Los clérigos y predicadores de distintas clases serios e inteligentes -hay que hacerles justicia- se pronunciaron contra estas y otras prácticas malvadas, exponiendo al mismo tiempo su tontería y su perversidad, y la gente más cuerda y sensata las despreció y aborreció. Pero resultó imposible iluminar a la gente ordinaria y a la clase laboriosa y pobre: su pasión predominante era el miedo, y despilfarraban con desaprensión el dinero en esas extravagancias. En especial la servidumbre, que constituía la clientela principal de los charlatanes. Después de la primera averiguación sobre si «¿Habrá epidemia?», sus preguntas decían casi siempre: «¡Oh, señor! ¡Por el amor de Dios! ¿Qué será de mí?» «¿Mi ama me conservará a su servicio, o me despedirá?» «¿Se quedará aquí o se irá al campo?» «¿Y si se va al campo, me llevará con ella o me abandonará para que muera de hambre y me pierda?»