23 de mayo de 2020

DIARIO DEL AÑO DE LA PESTE

DIARIO DEL AÑO DE LA PESTE ENTREGA 23/05/2020

De no haberse puesto en vigor la medida del confinamiento de los enfermos, Londres se habría convertido en el sitio más terrible del mundo. Por lo que yo sé, habría habido en las calles tantos moribundos como en las casas, pues la enfermedad, cuando llegaba al paroxismo, hacía divagar y delirar a sus víctimas, y en tal estado nada mejor que la fuerza para persuadir a los apestados de que permanecieran en su casa. Hasta se dio el caso de que muchos de ellos, que no habían sido atados, se arrojaban por la ventana al no ver medio alguno de pasar por la puerta.
Durante aquella calamidad, las personas habían dejado de hablarse. A un simple particular le resultaba imposible estar al corriente de todos los casos extraordinarios sucedidos en las distintas familias. Y creo, especialmente, que hasta el día de hoy nunca se ha sabido cuántas personas delirantes se ahogaron en el Támesis, o en el río que corre entre los pantanos hacia Hacklley y que generalmente llamamos Ware o río de Hackney. Por lo que compete a aquellos que figuraban en el obituario, su número era reducido, y además no podía saberse si se habían ahogado accidentalmente o no. Pero a la luz de mis observaciones, y por lo que he llegado a saber, creo que ese año pueden contarse muchos más ahogados que los que indican todas las nóminas juntas. Muchos cuerpos perdidos no fueron hallados, y otro tanto ocurrió respecto de las demás formas de suicidio. Hubo en la calle Whitecross, o en las inmediaciones, un hombre que se quemó vivo en su cama. Unos dicen que lo hizo solo, pero otros imputan la perfidia a una enfermera que le atendía; todos, sin embargo, concuerdan en decir que tenía la peste.
Gracias a un favor de la Providencia -tantas veces pensé en ello-, ese año no hubo en la ciudad un solo incendio, al menos que fuera considerable; de haberlo habido, hubiera resultado horroroso. Habría sido necesario que se lo dejara sin extinguir lo, o bien acudir a él en multitud, sin cuidarse del peligro de contagio, ni reparar en las casas en las que había que entrar, ni en los objetos que había que tocar, ni en las personas con las que uno debía mezclarse. Pero gracias a Dios, excepción hecha de un fuego en la parroquia de Cripplegate y de dos o tres pequeños incendios que fueron inmediatamente extinguidos, aquel año no hubo desastres de este tipo. Se nos ha contado la historia de una casa situada en un lugar llamado Swan Alley, que va desde la calle Goswell, cerca de donde termina Old Street, hasta la calle St. John, en la que una familia fue tan terriblemente azotada, que todos sus miembros sucumbieron. La última persona fue j hallada muerta tirada sobre el suelo; se supone que quiso tenderse allí para morir justo frente al fuego. Era un fuego de leña. Los trozos de madera caídos habían, al parecer, inflamado y quemado el suelo y las viguetas que lo sostenían, hasta el cadáver, pero sin consumirlo, aunque éste sólo llevaba puesta una camisa. El fuego se había extinguido solo, sin tocar el resto de la casa, que era simplemente una pequeña construcción de madera. No puedo afirmar la veracidad de esta historia. Al año siguiente, la ciudad fue cruelmente castigada por el fuego; pero el año de la peste sufrió muy poco esta calamidad.
En honor a la verdad, si se consideran los casos tan frecuentes de personas que caían en el delirio en el momento de su agonía, así como los actos de desesperación a que se entregaban en su locura o en su soledad, me asombro de que no haya habido más desastres de este tipo.
Pero todavía debo hablar de la peste en su apogeo, cuando esparcía la desolación y hundía al pueblo en el más terrible abatimiento y hasta, como ya dije, en la desesperación. En aquel período de la epidemia, los hombres fueron inducidos por sus pasiones a excesos apenas creíbles. Pienso que estas cosas son tan conmovedoras como todo lo demás. ¿Qué podría afectar más a un ser en plena posesión de sus facultades y qué podría causar mayor impresión en un alma que la vista de un hombre casi desnudo que sale de su casa, o acaso de su lecho, y desemboca en Harrow Alley, en la populosa encrucijada donde se entrecruzan cantidades de avenidas, callejones y, pasajes, en Butcher Row, en Whitechapel? ¿Qué podría ser más impresionante, digo, que ver a ese pobre hombre en plena calle, bailando y cantando, haciendo extraños gestos, mientras cinco o seis mujeres y otros tantos niños corren tras él, suplicándole por amor de Dios que regrese, e imploran auxilio a los espectadores, pero en vano, porque nadie se atreve a ponerle la mano encima ni siquiera a acercársele? Para mí, que lo veía desde mi ventana, era algo doloroso y lastimoso, pues entretanto el infeliz sufría atrozmente: tenía dos abscesos que no lograban reventar ni supurar. Al parecer, los médicos habían tenido la esperanza de atravesarlos con cáusticos muy violentos, y éstos todavía estaban en su lugar, quemándole la carne como un hierro al rojo. No sé qué fue de aquel hombre, pero pienso que continuó deambulando así hasta que cayó y murió.