12 de abril de 2020

DIARIO DEL AÑO DE LA PESTE

ENTREGA 12/04/2020

Una mañana, alrededor de las ocho, mientras caminaba por Houndsditch, escuché un gran alboroto. La verdad es que no había ninguna multitud, pues la gente no estaba muy dispuesta a agruparse o a permanecer largo tiempo en ese lugar; tampoco yo me quedé mucho tiempo. Pero el alboroto fue lo bastante fuerte para incitar mi curiosidad, de modo que llamé a uno que se asomaba por una ventana y le pregunté qué sucedía.
Al parecer, se había destacado un guardia frente a la puerta de una casa clausurada, que estaba infectada, o de la que se decía que lo estaba. El hombre había permanecido allí durante dos noches y el vigilante diurno, que había estado un día, ya debía venir a relevarlo. Durante todo ese tiempo no se oyó ruido ni se vio luz en la casa; nadie llamaba ni mandaba algún recado, lo que solía constituir el principal negocio de los guardianes. En realidad -decían- los ocupantes no habían ocasionado molestia alguna desde la tarde del lunes, cuando se oyeron en la casa fuertes gritos y llantos, presuntamente provocados por la muerte de algún miembro de la familia, acaecida en ese instante. La noche anterior el carro de la muerte se había detenido allí para recoger de la puerta una sirvienta muerta, que los camilleros pusieron en el vehículo envuelta apenas en una manta verde.
Al escuchar ese ruido y llanto, el guardia habría golpeado la puerta durante largo rato sin obtener respuesta; hasta que al fin alguien se asomó, y con voz enojada, aunque llorosa, dijo:
-¿Qué quiere para llamar de esa manera?
-¡Soy el guardia! -respondió el otro-. ¿Cómo le va? ¿Qué pasa?
-¿Qué le importa eso a usted? -dijo el hombre-. ¡Haga parar el carro de los muertos!
Al parecer esto sucedió alrededor de la una. Poco después el guardia detuvo el carro y volvió a golpear la puerta, pero esta vez nadie respondió. Siguió golpeando, y el pregonero se le unió gritando varias veces:
-¡Traigan su muerto!
Pero nadie respondía, hasta que por último el conductor del carruaje, que era solicitado desde otras casas, no pudo esperar más y se fue.
El guardián no supo qué hacer, de manera que los dejó tranquilos hasta que llegó su relevo, al que le dio cuenta de lo sucedido. Esta vez golpearon los dos sin que nadie diera respuesta alguna. Observaron que la ventana a la que se había asomado antes el hombre continuaba abierta.
Movidos por la curiosidad, consiguieron una larga escalera y uno de ellos trepó hasta la ventana y miró dentro de la habitación. Vio el cadáver de una mujer que yacía en el piso de una manera lúgubre, sin otra ropa que un camisón. El guardia llamó fuerte y golpeó vigorosamente el suelo con su vara, pero nadie apareció ni respondió, ni se escuchó ruido alguno.
Ante esto bajó e informó a su compañero, quien también subió y comprobó la situación; entonces decidieron hacérsela conocer al Lord Mayor o a algún otro magistrado, porque no quisieron entrar por la ventana. Parece que el magistrado, al conocer la información de estos hombres, ordenó allanar la casa, designando como testigos a un alguacil y otras personas, para que no fuera saqueada. Así se hizo, y sólo se encontró en el lugar a esa mujer joven que, apestada y desahuciada, había sido abandonada a su suerte por los otros ocupantes, que encontraron el modo de burlar al guardián, huyendo por alguna puerta trasera o por los altos de la casa, sin que él lo notara. En cuanto a los llantos y exclamaciones que se oyeron, se supuso que fueron los apasionados gritos de la familia antes de la amarga separación. Todos, el hombre de la casa, su mujer, varios niños y sirvientes, habían escapado. Si estaban enfermos o sanos, nunca lo pude saber; en realidad, no me ocupé demasiado en averiguarlo.
Hubo muchas fugas como ésa en las casas infectadas, en especial mientras el guardia era enviado con algún mandado, ya que era su ocupación cumplir esta tarea; es decir, buscar comida y medicinas, médicos, cirujanos y enfermeras, llamar al carro de los muertos y cosas parecidas. Claro que con una condición: que cuando él partiera cerrara la puerta de calle y llevara la llave consigo. Para eludir este obstáculo y burlar al guardia, la gente conseguía otros juegos de llaves o encontraba maneras de forzar la cerradura. Así, mientras enviaban al celador al mercado o por alguna otra tontería, podían abrir la puerta y salir tantas veces como quisieran. Sin embargo, descubierto el asunto, los guardias tenían orden de echar candado a la puerta por el lado de afuera y de instalar pasadores si lo consideraban adecuado.
Según se me informó, en otra casa ubicada en una calle cercana a Aldgate, una familia entera fue confinada bajo llave porque la sirvienta había caído enferma. El dueño se quejó por medio de amigos a un regidor y al Lord Mayor, diciendo que aceptaba que se llevara a la criada al lazareto. Pero no se hizo lugar al pedido; la puerta fue señalada con una cruz roja, se le puso un candado en el lado exterior, y un guardia se instaló frente a ella, de acuerdo con la ordenanza.