18 de mayo de 2020

DIARIO DEL AÑO DE LA PESTE

DIARIO DEL AÑO DE LA PESTE ENTREGA 18/05/2020

Ellos se sintieron muy agradecidos; la paja, sobre todo, les proporcionó un precioso auxilio, ya que, aun cuando el ingenioso carpintero les había hecho, para que se acostaran, unos catres que más bien parecían artesas y había llenado éstos con hojas y cuanto había podido encontrar, y por mucho que la tela de la tienda de campaña había sido cortada a guisa de cobertores, todos seguían durmiendo sobre superficies muy duras y en la humedad, hasta que llegó aquella paja, que causó el efecto de lechos de pluma y que, decía John, fue mejor recibida que lo que en verdad lo habrían sido verdaderas camas mullidas en una época común.
Así fue como el caritativo señor y el pastor del lugar dieron el ejemplo; otros los siguieron rápidamente, y todos los días les llevaban un nuevo regalo. Pero el más generoso siguió siendo su vecino. Algunos les enviaron sillas, taburetes, mesas y tal o cual objeto casero de que carecían. Otros les regalaron cobertores, tapices, cubrecamas, o bien loza, o utensilios de cocina para que prepararan sus comidas.
Animado, el carpintero construyó en un par de días un amplio albergue, una especie de cobertizo o casa con vigas, techado y con un piso en el que podían alojarse bien reparados, pues con la llegada de septiembre comenzaba el tiempo húmedo y frío. Aquella casa, bien resguardada con paja y con su techo y sus paredes bien firmes y cerradas, los protegía bastante bien.
En uno de los extremos de la habitación, el carpintero hizo asimismo un muro de tierra con un hogar, y otro del grupo, después de muchos contratiempos y mucho esfuerzo, armó una chimenea para el escape del humo. Y allí vivieron, cómoda aunque frugalmente, hasta comienzos de septiembre. Entonces recibieron una mala noticia: la peste, que arreciaba en Waltham Abbey por un lado y en Romford y Brentwood por el otro, ya había llegado a Epping y Woodford y a la mayoría de las poblaciones del bosque, llevada principalmente por los buhoneros, por la gente que iba y venía, entre Londres y aquellos pueblos, con sus víveres.
Aquello estaba por cierto en evidente contradicción con el informe que más tarde hubo de recorrer toda Inglaterra y que, como ya dije, no confirma mis opiniones personales, a saber, que la gente de las ferias, la que llevaba las provisiones a la ciudad, nunca contrajo la peste y nunca la llevó a la campiña, dos cosas realmente falsas. Estoy seguro.
Acaso todas esas personas hayan sido preservadas más allá de cualquier expectativa, pero no hasta el milagro. Muchas de ellas fueron y vinieron, en gran número, sin ser afectadas, para bien de los pobres londinenses, que se habrían visto en la más absoluta miseria si aquella gente, que surtía los mercados, no hubiese sido tantas veces protegida, o por lo menos más de lo que razonablemente podían esperar.
Entonces nuestros refugiados comenzaron a inquietarse, porque las poblaciones que los rodeaban se hallaban realmente contaminadas, y ya no se atrevían a confiar en otros para que les adquirieran las cosas que necesitaban. Y ello fue tanto más lamentable cuanto que ya nada les quedaba, o casi nada, al margen de lo que les procuraba aquel caritativo señor. Pero para tranquilidad suya ocurrió que otras personas del campo, que todavía no les habían regalado nada, oyeron hablar de ellos y les enviaron, uno, un puerco, el otro dos cameros y un tercero una ternera. En resumen, que tenían suficiente carne y hasta leche y queso y cosas de ese tipo. Pero estaban muy cortos de pan, pues sus benefactores les habían regalado trigo, pero no tenían con qué molerlo ni nada en qué cocerlo. Se vieron obligados a comer en grano los cuatro cuartillos de centeno, como antaño los israelitas, sin molerlo ni transformarlo en pan.
Por fin dieron con el medio de trasportar el trigo a un molino de viento, situado cerca de Woodford, de donde el grano regresó molido. En seguida de lo cual, el panadero construyó un hoyo bastante profundo y seco para cocer la galleta de un modo aceptable. Así se hallaron en condiciones de vivir sin el socorro ni el
aprovisionamiento de las ciudades. Por suerte, porque poco tiempo después toda la región se vio completamente infectada y, a juzgar por lo que se dijo, cerca de ciento veinte personas murieron de la epidemia en las aldeas de los alrededores, lo que para ellos representó algo terrible.